La puerta en el infierno

Penelope despierta una vez más en el Infierno. Su cuerpo envejece, se pudre y muere, pero la muerte le es negada. Frente a ella siempre aparece una puerta y, detrás de ella, la posibilidad más cruel de todas: que alguien haya venido por ella.

Por Dr. Cristo León, 2026.

La puerta en el Infierno

Un relato del último dragon de Alvión.

Por Dr. Cristo León, 2026.

La puerta en el infierno.

Su piel cayó primero.

No toda.
No de golpe.

Cedió lentamente, como el papel húmedo
de una carta demasiado antigua,
desprendiéndose de sus brazos
en jirones grises que colgaban de la carne
antes de caer, blandos,
sobre las piedras negras.

Penelope contempló sus manos.

Las uñas habían desaparecido.
Los dedos, largos y amarillentos,
se abrían mostrando huesos
entre la carne marchita.

Y entonces recordó.

—Ah…

Una sonrisa quebrada cruzó su rostro.

—Otra vez.

Porque ya había muerto así.

Mil veces.

Había sentido pudrirse sus ojos
dentro de sus propias cuencas;
había escuchado a los gusanos
moverse detrás de sus labios;
había visto su cabello caer
hasta quedar tan vieja
que incluso su nombre parecía
el recuerdo de otra mujer.

Pero nunca moría.

Ese era el secreto.

Ese era el chiste.

En el Infierno, la muerte era una misericordia.

Y las cosas que habitaban allí
no eran misericordiosas.

Desde algún lugar detrás de los muros
comenzaron las voces.

Primero fueron susurros.

Luego nombres.

Después risas.

Penelope cerró los ojos.

Sabía lo que vendría.

Siempre venía.

Una puerta apareció frente a ella.

Madera oscura.
Bisagras de hierro.
Una delgada línea de luz debajo.

Penelope sintió que algo imposible
despertaba dentro de su pecho muerto.

Esperanza.

Corrió hacia ella.

Sus piernas envejecidas crujieron.
La carne se abrió alrededor de sus rodillas.
Un hueso atravesó la piel.

No importaba.

Golpeó la puerta.

—¡Estoy aquí!

Silencio.

—¡Estoy aquí!

Golpeó otra vez.

—¡Por favor!

Y entonces escuchó pasos.

Al otro lado.

Penelope dejó de respirar.

Alguien venía.

Por fin.

Después de todos aquellos años,
después de todas aquellas muertes,
después de haber esperado
hasta olvidar el color del cielo…

alguien había venido por ella.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Penelope apoyó la frente contra la madera.

—Sabía que vendrías.

La puerta se abrió.

Y detrás de ella
no había nadie.

Solo otro corredor.

Otra puerta.

Otra Penelope, quizá,
gritando desde algún lugar imposible:

—¡Estoy aquí!

Entonces las criaturas rieron.

No podía verlas.

Nunca podía verlas.

Pero sentía sus dedos
dentro de sus recuerdos.

Y una voz, dulce como una madre
cantando junto a la cama de una niña,
susurró:

—Nadie viene, Penelope.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Nadie vino.

—Cállate.

—Nadie te está buscando.

—¡Cállate!

Las paredes comenzaron a latir.

Y Penelope comprendió que aquello
no era una prisión.

Era una memoria.

Cada puerta era una decisión.

Cada corredor, una oportunidad abandonada.

Cada voz que esperaba escuchar
pertenecía a alguien
a quien había dejado atrás.

Entonces comprendió por qué
las criaturas la hacían despertar.

No querían que olvidara.

Olvidar habría sido otra misericordia.

Querían que recordara.

Recordar que había elegido.

Recordar que había sabido.

Recordar todos aquellos pequeños instantes
en que todavía habría podido regresar
y decidió continuar.

Su cuerpo comenzó a rejuvenecer.

La carne regresó a sus huesos.

Sus ojos volvieron a ser claros.

Su cabello descendió nuevamente
sobre sus hombros.

Por un instante volvió a ser
Lena “Ballesta” del clan de los Gatos Pardos.

Entera.

Joven.

Limpia.

Y aquello fue peor.

Porque ahora podía llorar.

—Por favor —susurró—.
Que alguien venga por mí.

En algún lugar de la oscuridad
sonó una campana.

Una vez.

Luego otra.

Y la piel de Penelope
comenzó nuevamente a desprenderse
de sus dedos.

Ella la contempló caer.

Entonces recordó.

Otra vez las malditas campanas.

Siempre otra vez.

Y desde las profundidades
aquellas cosas sin rostro susurraron:

—Despierta, Penelope.

—Mira la puerta.

—Espera un poco más.

—Quizá esta vez venga alguien.