Jugar el juego: por qué los juegos de rol necesitan una ontología de procesos

por Cristo Leon

Última revision 13 de julio de 2026.

La filosofía del juego ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué es un juego? Desde Huizinga hasta Caillois y Suits, el objetivo ha sido identificar las propiedades que distinguen a los juegos de otras actividades humanas.

Sin embargo, Bernard Suits introduce una idea que suele pasar desapercibida: la noción de game-playing.

En inglés, Suits distingue entre game (el juego como sistema) y play (la actitud o disposición lúdica). Para referirse a la experiencia de participar en un juego utiliza un tercer concepto: game-playing. En español, esta expresión resulta difícil de traducir. La opción más literal sería «jugar el juego», una frase que parece redundante. Pero quizá esa redundancia sea precisamente el punto.

Cuando decimos jugar el juego estamos nombrando dos niveles diferentes. El primero es el juego como objeto: un reglamento, un conjunto de convenciones, un sistema de mecánicas. El segundo es la acción de jugar, es decir, el proceso mediante el cual ese sistema cobra vida. Un tablero de ajedrez permanece inerte hasta que alguien mueve la primera pieza; un reglamento de Dungeons & Dragons sigue siendo solo un libro hasta que un grupo decide reunirse alrededor de una mesa.

Los juegos de rol de mesa llevan esta idea un paso más lejos.

En la mayoría de los juegos, jugar consiste en actualizar un sistema previamente definido. Cada partida de ajedrez es distinta, pero ninguna modifica el ajedrez como sistema. En cambio, en un juego de rol de mesa cada sesión produce nuevos elementos que pasan a formar parte del propio juego: personajes que evolucionan, lugares que adquieren historia, objetos con significado, relaciones entre protagonistas y acontecimientos que transforman el mundo ficticio.

En otras palabras, el acto de jugar produce nuevo juego.

La campaña no existe antes de ser jugada. Existe porque los participantes la construyen sesión tras sesión. Cada encuentro añade una nueva capa de realidad compartida que no estaba contenida completamente en el reglamento. El sistema proporciona posibilidades; el jugar las convierte en una historia única e irrepetible.

Esta diferencia tiene consecuencias ontológicas importantes. Si el juego cambia como resultado de jugarlo, entonces no basta con estudiar el juego como un objeto. Es necesario estudiar el proceso mediante el cual ese objeto emerge, se transforma y se mantiene en el tiempo.

Desde esta perspectiva, los juegos de rol de mesa no son simplemente sistemas de reglas. Son sistemas de co-creación. Las reglas, los dados, las hojas de personaje, los mapas y los participantes —humanos y no humanos— interactúan para producir una realidad imaginada compartida que evoluciona con cada sesión.

Quizá, entonces, la pregunta filosófica deba cambiar.

No solo ¿qué es un juego?

Sino también:

¿Cómo llega un juego a existir mientras se juega?

Los juegos de rol de mesa sugieren que la respuesta no se encuentra únicamente en los reglamentos, sino en el proceso continuo de jugar, interpretar, negociar y crear juntos. Ahí es donde una ontología de procesos puede ofrecer una explicación más completa que una ontología centrada exclusivamente en objetos o estructuras.