por Cristo León.
Última revisión 18 de junio de 2026 (pendientes APA)
La distinción entre play y game ha ocupado un lugar central en la filosofía del juego. En inglés, ambos términos permiten separar, al menos parcialmente, la actividad de jugar del juego entendido como estructura, sistema o artefacto. Sin embargo, esta diferencia no se traslada con facilidad al español, donde juego y jugar comparten la misma raíz y permanecen estrechamente vinculados.
(agregar Huzinga Calillois y Carlson, 2011)
Esta dificultad lingüística revela también un problema ontológico. Preguntar qué es un juego suele conducir a una búsqueda de propiedades estables: reglas, límites, objetivos, participantes o artefactos. Preguntar qué significa jugar, en cambio, desplaza la atención hacia acciones y relaciones: interpretar, imaginar, negociar, decidir, narrar y colaborar.
Los juegos de rol de mesa muestran con particular claridad esta diferencia. Un reglamento, una hoja de personaje, un mapa o un conjunto de dados no constituyen por sí solos la experiencia lúdica. El juego emerge cuando estos elementos son activados por participantes que atribuyen significados, negocian posibilidades y producen una ficción compartida. La campaña no existe únicamente como objeto; se sostiene a través del jugar.
Por ello, los juegos de rol requieren una ontología de procesos. Desde esta perspectiva, personajes, mundos y narrativas no son entidades fijas, sino resultados provisionales de interacciones continuas entre actantes humanos y no humanos. El desplazamiento conceptual va, entonces, del sustantivo al verbo: del juego como cosa al jugar como proceso de co-creación.
La pregunta filosófica deja de ser únicamente “¿qué es un juego?” y pasa a incluir otra más productiva: ¿cómo llega un juego a existir, mantenerse y transformarse mientras se juega?
